ECUADOR.- Quito figura entre los territorios que la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos (SNGR) incluyó dentro de la alerta amarilla preventiva por la posible evolución del fenómeno de El Niño. La medida incorpora a 10 parroquias rurales del Distrito Metropolitano y abre interrogantes sobre los posibles impactos que podría enfrentar la capital si llega a consolidarse durante los próximos meses.
Autoridades y especialistas coinciden en que el comportamiento de El Niño en Quito tendría características distintas a las que suelen registrarse en otras regiones del país.
Por qué Quito no mira a El Niño igual que la Costa
La Resolución 117-2026 de la SNGR declaró alerta amarilla preventiva en 17 provincias, 143 cantones y 491 parroquias del país. En Quito, la medida alcanza a Calacalí, Gualea, Lloa, Nanegal, Nanegalito, Nono, Pacto, Perucho, San Antonio y San José de Minas.
La Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos fundamentó la alerta en territorios con mayor susceptibilidad histórica frente a eventos asociados a El Niño. Sin embargo, Patricia Carrillo, directora de Gestión de Riesgos del Municipio de Quito, considera que la lectura para la capital requiere un análisis más específico.
Según explica, los efectos de un fenómeno de El Niño no se manifiestan de la misma forma en todo el país. Mientras en la Costa suelen asociarse a lluvias intensas, inundaciones y desbordamientos, en la Sierra Central pueden reflejarse inicialmente en una época seca más intensa.
Por esa razón, el primer desafío que observa el Municipio para Quito no se relaciona con inundaciones generalizadas.
Carrillo señala que entre junio y septiembre podrían aparecer temperaturas más elevadas, déficit hídrico y un incremento del riesgo de incendios forestales si las condiciones atmosféricas y oceánicas favorecen el desarrollo del fenómeno.
La funcionaria explica que la ciudad enfrenta una complejidad adicional. Quito posee una alta variabilidad climática y geográfica. Mientras una zona registra lluvias, otra puede atravesar condiciones secas. Esa realidad obliga a interpretar los pronósticos nacionales desde una perspectiva local.
Además, sostiene que julio será un mes clave para comprender el comportamiento del ENOS y determinar si el fenómeno gana intensidad o pierde fuerza.
Los riesgos ya existen con o sin El Niño
Velasco reconoce que Quito dispone de capacidades técnicas importantes. Destaca especialmente el trabajo del Cuerpo de Bomberos y los sistemas tecnológicos de monitoreo que operan en la ciudad.
Sin embargo, considera que todavía existe espacio para una mayor articulación institucional y una integración más profunda entre gestión de riesgos y adaptación al cambio climático.
Desde su perspectiva, el fenómeno de El Niño podría convertirse en una prueba para medir cuánto avanzó Quito en la reducción de vulnerabilidades.
Por eso insiste en que la erosión del río Monjas, los asentamientos en zonas de riesgo, los problemas de drenaje, los deslizamientos y las afectaciones en quebradas no dependen exclusivamente de la llegada de El Niño.
A su criterio, esos riesgos ya forman parte de la realidad cotidiana de la ciudad.
Si el fenómeno llega a consolidarse, concluye, podría aumentar la presión sobre problemas existentes más que crear amenazas completamente nuevas. Esa posibilidad coloca a Quito frente a un desafío mayor: prepararse para un evento climático sin perder de vista las vulnerabilidades que permanecen presentes durante todo el año.