EL HIJO DE MADURO HABLA DE SU PADRE PRESO EN ESTADOS UNIDOS: “ÉL SIENTE QUE SU VICTORIA ES QUE SIGUE VIVO”

NUEVA YORK.- Los primeros meses de Maduro en la cárcel han sido en una celda de aislamiento, sobre una cama estrecha. Café, comida demasiado picante, un escritorio. El Gobierno de Delcy Rodríguez ha negociado con Estados Unidos una mejora de las condiciones y, según cuenta su hijo, en Semana Santa pasó a relacionarse con otros presos con los que ve la televisión. Fue ahí cuando conoció al rapero Tekashi 6ix9ine, que lo primero que hizo al salir de la prisión fue mostrar un muñeco artesanal de Bob Esponja firmado por Maduro. “Debió coincidir con él un solo día. Mi padre me dijo que le había firmado algo, pero es que yo ni sabía que él era famoso”, recuerda. “Yo soy salsero”, bromea. Maduro ha estado leyendo la Biblia de forma obsesiva. Todos los días. “Se la aprendió. Nos dice unos versículos locos”, dice entre risas. “Mi papá nunca había sido así, pero ahora, en las llamadas, a veces empieza por ahí: ‘Tú tienes que escuchar Mateo 6:33. Y Corintios 3. Y el Salmo 108”, cuenta. Maduro profesaba devoción por el líder espiritual indio Sathya Sai Baba, pero ahora parece hacerlo por el Papa. El diputado apunta los salmos que le recita Maduro en un cuaderno. No es casual que los dos escritos que su padre ha publicado desde la cárcel —uno tras la primera audiencia, el pasado 26 de marzo, y otro el Domingo de Ramos— se sostengan casi enteramente sobre versículos. “Más bien una misa”, le dijo el hijo cuando los leyó.

Por suerte para su hijo, hace tiempo que Maduro lee más libros. Lo primero que pidió fueron tres textos: el Discurso de Angostura de Bolívar, las obras completas del libertador y la Constitución de Venezuela. Después llegaron biografías, libros sobre la historia de Estados Unidos, Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos. García Márquez. El Estado y la revolución, de Lenin. “Ya lleva como 60”, calcula el hijo, que asegura que ahora intercambia ejemplares con otros presos. También le ha mandado los libros de metafísica de Conny Méndez, una autora venezolana que leía su abuela. Y el código penal de Nueva York, para que Cilia Flores, abogada, lo estudie desde su celda del ala femenina de la prisión. Maduro, el diputado, parece alguien distinto a su padre. No entra en detalles, pero es obvio que mantenían sus diferencias. Cuando era adolescente, el comandante Hugo Chávez le animó a hacer el servicio militar, pero él eligió estudiar Música y Economía. Su padre solo le tuvo a él, pero él tiene siete hijos. Su padre acabó liderando un régimen acusado de corrupción y de crímenes de lesa humanidad por la ONU, con cientos de presos políticos, denuncias de torturas y un éxodo migratorio sin precedentes en América Latina, pero él encaja las preguntas difíciles. E incluso agradece la franqueza.

Cuando se le pregunta por qué la apertura económica y política no se hizo antes si era —como él dice— el plan de su padre más allá de Donald Trump, responde que las liberaciones empezaron en diciembre. Cuando se le replica que en diciembre Estados Unidos ya estaba desplegado en el Caribe, admite: “Sí. Se cometieron errores de todos lados”. Hay una pregunta que Maduro Guerra dice que su padre debe estar haciéndose en estos meses, y que él también se hace: “¿Qué hice o no hice que pudo haber evitado el 3 de enero?”. La respuesta, afirma, no es una sola. “El 3 de enero fue una suma. De agresión, de sanciones, de errores. De intereses. De todo”.

Hoy, Maduro Guerra preside la Comisión de Política Interior, que supervisa garantías constitucionales y el sistema penitenciario. “Hemos visto excesos, por decirlo bonito”. Asume los errores del chavismo como propios, pero también marca distancias: “Yo soy miembro del partido, mi papá era el presidente, pero yo soy joven, yo no decidía”. No parece que Maduro despache con su hijo los grandes temas de Venezuela. Tampoco está claro con quién lo hace. Ni si lo hace. En una entrevista con Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, reconoció que no había hablado todavía con él. Tampoco consta que se comunique con su hermana Delcy Rodríguez. Lo que sí ha hecho Maduro es respaldar desde la cárcel la gestión de la presidenta encargada. El propio apoyo de su hijo a los hermanos Rodríguez estos meses ha sido un factor de estabilidad en una Venezuela donde aún se habla de traidores.

El destino de Nicolás Maduro es incierto. Enfrenta cargos por cuatro delitos de narcoterrorismo y posesión de armas. Pero su hijo y su entorno lo tratan como un rehén. “Tenemos fe en que pueda volver”, dice Maduro Guerra. Pero no en los tribunales. “El juez parece un buen hombre, vamos a dar la batalla jurídica, pero esto [su vuelta] es parte de un acuerdo político”, dice.

El pago de su defensa, que cuesta millones de dólares, ha sido uno de los litigios de sus abogados, entre los que destaca el penalista estadounidense Barry Pollack, que defendió a Julian Assange. Los letrados han logrado que Estados Unidos levante el bloqueo para que Venezuela pague la defensa de la pareja presidencial en lugar de tener que dejar sus casos en manos de un abogado de oficio. La decisión —que ha indignado a muchos venezolanos— facilita, en cualquier caso, que el juicio siga adelante. Sin una defensa adecuada, sus abogados podrían insistir en la nulidad del proceso.

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