CARACAS.-Cada vez que aparece en televisión para dirigirse al país, el mandatario venezolano, Nicolás Maduro, valora con entusiasmo el crecimiento que, de acuerdo con la narrativa oficial , ha registrado la economía local en los últimos meses. De hecho, el Banco Central de Venezuela -controlado por el chavismo y entregado al discurso gubernamental- reporta una expansión de 7 puntos del Producto Interior Bruto (PIB) en lo que va de año. La Comisión Económica para América Latina (Cepal) y otros organismos regionales aceptan esa cifra, pero el Fondo Monetario Internacional (FMI) la echa por tierra sin ningún tipo de matiz: el crecimiento se sitúa apenas por encima del 1% y la inflación rozará el 270% al cierre de 2025. “Hay que decir que el cuerpo golpeado de una economía que llegó a un punto extremo de debilidad hace unos años está viviendo buenos momentos de recuperación”, afirmó recientemente el líder chavista. “A ese cuerpo hay que seguir cuidándolo”. Luego del derrumbe de su aparto económico, y de la drástica caída en su producción petrolera en la década anterior, Venezuela ha pasado cuatro o cinco años con una actividad económica irregular, con altibajos. Ha quedado claro, en términos generales, que persisten los graves problemas sociales y de servicios públicos que han expulsado a millones de ciudadanos gente del país, pero al menos se habían aliviado algunos males cotidianos -como el desabastecimiento- una vez que Maduro aceptara introducir reformas de mercado en su Administración.
Con una economía que hoy tiene apenas el 30% de su tamaño histórico tradicional -el quinto de América Latina hace décadas después de Brasil, México, Argentina y Colombia- Venezuela necesitaría estar creciendo a altísimas tasas de más de dos dígitos interanuales con una baja inflación para recuperar su antigua fisonomía en unos cinco o 10 años. Hoy Venezuela tiene cerrado el acceso al crédito bancario internacional y, aun así, solo en 2022 el país logró crecer un 10%.
Las cifras de crecimiento en 2025 que anuncia el Gobierno están, sin embargo, muy matizadas en privado por los economistas independientes, en un país en el cual incluso un diagnóstico muy severo de la realidad podría ameritar una sanción por terrorismo. Pero el problema más grave que tiene la maltrecha economía venezolana, antes que la debilidad de su crecimiento, es el agravamiento de la inflación. Esta circunstancia tiende a complicarse a medida que las tensiones políticas con Estados Unidos aumentan y las expectativas negativas se expanden.
Desde agosto hasta hoy, el tipo de cambio oficial (el dólar pasó de 133 bolívares a 217) se ha devaluado un 60%. En el mercado paralelo o no oficial, el dólar se consigue a 310 bolívares. El Gobierno penaliza el uso especulativo del dólar y obliga a los comercios formales a cobrar sus servicios a la tasa oficial, pero en las actuales circunstancias la tendencia de cerrar transacciones a tasas superiores a la oficial es difícil de evadir. El diferencial entre la tasa oficial, ubicada en 217, y el dólar paralelo, en 310, es del 43%, una circunstancia que tiende a complicar la gestión económica al momento de hacer cobros, presupuestos o inventarios. El dólar sigue siendo la referencia monetaria de los comercios en las calles. Lo habitual es que la gente pague el precio equivalente en bolívares, de manera cada vez más frecuente a una tasa superior a la oficial. Quienes pueden, hacen transferencias digitales en dólares, que son muy aceptadas. Los dólares en efectivo están hoy mucho más escasos en la calle.
No hay información oficial sobre la inflación en 2025. No obstante algunos economistas, como el exdiputado opositor y profesor titular de la Universidad Central de Venezuela, José Guerra, van mucho más allá del FMI y la sitúan en más del 400% en diciembre. Guerra no descarta el regreso de la hiperinflación. Todo lo anterior, con un un crecimiento del PIB que “como mucho”, según pronostica, será del 2%. El Gobierno, mientras tanto, ha reaccionado de manera furiosa ante los monitores que informan sobre tasas cambiarias alternativas del dólar en el mercado, cerrándolas a todas y judicializando a algunas personas, acusándolas de especular contra la economía en provecho propio y generar zozobra. A diferencia de lo que sucedía en el pasado, el Gobierno de Maduro ha formalizado una alianza -tutelada- con el capital nacional que ha demostrado alguna solidez. La normalización de las relaciones del chavismo con los empresarios se ha traducido en algunos resultados en ciertos sectores económicos luego del derrumbe productivo que se dio entre 2014 y 2020. La producción petrolera venezolana se ha venido recuperando lentamente después de la abrupta caída de aquel período, y hoy el país ya produce y exporta con alguna holgura más de un millón de barriles diarios, por primera vez en casi 10 años.